Por Rafael Henríquez
Mi alma gris no es triste ni melancólica, no se traduce en dolor y heridas abiertas. Mis días nublados son remembranzas de caricias, victorias y aprendizaje. No fueron derrotas, mi alma gris significa camaleónicas y rudas formas de crecer, de vivir.

Que sea gris no la hace desolada y vacía, está llena de sombras que me abrazan, poblada de fantasmas misteriosos que se levantan por encima del entendimiento.
Esos días nublados y turbios liberan mi alma gris, esclava de la realidad. Un alma real, que se manifiesta intrépida, maleable y única, señorial ante la luz, enseña la belleza de lo desconocido.
Mi alma gris no es alegre, mas, sí intensa y emocionante, fuerte y atropellante. Como niebla que se tiende sobre lago gélido compartiendo su profundidad, es arropante.
Exhala caricias que se evaporan en la madrugada.

Ella es tierna como día de lluvia, y caudalosa como tormenta caribeña. Es total, como pasión de amante extasiado de ron. Es lejana, cual sueños extraviados en la realidad.
Hay tanto de lo que soy en los días grises, que en ocasiones juro ver mi reflejo en la capa borrascosa que cubre el cielo. En ellos, los días grises, encontrarás mi alma, templada y sonriente sobre techos solitarios.
