Por Rafael Henríquez.
El tiempo es confuso, recto, constante. De un temple marcial. Impersonal, amorfo.
Llega despacio y sigiloso como un fantasma levitando sobre el mar. Huele a llanto de corazón roto y sabe a caricia de perfume floral.
Celebra a carcajadas su inmaculado pasar y te permite celebrar con él. Se deja sentir tuyo, pertenecido, controlado, hasta que un golpe en la mesa anuncia su partida. Se posa en los ojos y te besa con labios arrugados y olvidadizos.

Entonces, se va a pasos agigantados y ruidosos. Entonces, ya no es constante ni cuidadoso, ahora te consume, te absorbe los sueños.
Reclama cómo lo desperdiciaste cuando se te brindó. Te esclaviza y azota las pupilas, no tienes fuerzas para enfrentarlo, se drenaron corriendo una mañana calurosa en que despertaste y no lo encontraste a tu lado y temiste llegar tarde.
Entonces, ya no hay tiempo, nunca hubo un lugar seguro dónde guardarlo, lo creíste prisionero cuando siempre estuviste cautivo.
El tiempo es individual y preciso, implacable verdugo que blande su hacha.
Entonces, ya es tarde para recordar, la respiración se esfuma de ti y escapa con él al oler su perfume de flores, enamorada de sus caricias viejas, eternas.
Y te apagas y te desvaneces como un reloj sin cuerda.
