Por Rafael Henríquez.
//Nota de descargo: no somos profesionales en materia de salud mental y los conceptos emitidos a continuación no pretenden dar directrices de cómo tratar los problemas mentales. Si usted entiende que necesita ayuda, consulte a su médico.//
Al protagonista de este relato no le pondremos nombre, porque como le ocurriera a Víctor Frankenstein, el “monstruo” que creó se le rebeló tan súbitamente que no atinó a bautizarlo.
El 2021 fue, sin quizás, el peor año anímico del susodicho, ni siquiera la incertidumbre de la pandemia le golpeó tanto el espíritu como lo hizo esa resaca emocional ocurrida durante el lapso señalado. Sin darse cuenta se encontró en medio de un pantano psicológico que lo hundía en una dimensión totalmente desconocida para él. Las enredaderas de la melancolía le apretaba tan fuerte que veía el aire cortarse en pedacitos mientras intentaba respirarlo a sorbos. Ese que destilaba alegría y su risotada retumbaba a kilómetros, ahora se sentía alejado de todo y de todos, el silencio se apoderó de su voz y desarrolló el superpoder de extraerse de los que le acompañaban en un salón, aun participando en la conversación; respondía sin darse cuenta lo que decía y llevaba el hilo expresivo sin percatarse de lo manifestado. En muchas ocasiones nuestro desdichado se quedaba colgado en un vacío subconsciente que lo desconectaba del mundo.

Fue un año desolador, se olvidó de su familia, se distanció de su esposa (relación que un par de años después terminó en divorcio), apenas hablaba con su hijo. Dejó de escribir, arte que dominaba con destreza. Destruyó su aspecto físico, subió de peso, andaba desaliñado, barbado, no reparaba en la vestimenta y la mirada la llevaba tan perdida como el perro Limber (Pedro Mir era un genio).
Pero lo sorprendente de ese año no fue la desolación en la que el inmombrado se vio inmerso, fue lo cómodo que empezó a sentirse con el desánimo. Se volvió uno con la pena, construyó una especie de simbiosis con la aflicción, al punto de boicotear los momentos felices para darle aquiescencia a la nostalgia. El laberinto del descontento era su interminable hábitat.
Luego, en alguna conversación que ya para él resultaba insípida, alguien le explicó que su diario vivir era el ejemplo perfecto de la depresión. Sentirse triste era la meta de cada día. Y al no entender las causas de tal sumisión, entonces, las provocaba. –Eso es la depresión, le comentó esa voz racional y preocupada, –te encuentras en el punto en que abrazas tan fuerte a la tristeza que te vuelves un apologista de ella. Te aislas, te encierras en una esquina de la cama, te auto-exilias de tu entorno, no encuentras afinidad con la alegría ni comulgas con la felicidad. Los instantes de gozo te son indiferentes y tejes enmarañadas situaciones que tienen como objetivo un llanto desconsolador y asfixiante.
Y algo en su interior lo obligó a escuchar aquella perorata, una tenue luz en su pecho le prestó atención a lo que le señalaban como depresión. Pareciera que aún le quedaba al monstruo desolado un ápice de regocijo, una mueca de sonrisa que lo llamaba urgentemente a comprender el marasmo desalentador en el que se encontraba. Y al escuchar, al poner atención, al comprender, decidió espabilar, salir, reencontrarse.
Si pudo hacerlo o no, es material para otra ocasión. Lo que nos concierne en esta disertación es la necesidad que tenemos de concienciar sobre la salud mental y su importancia en el desenvolvimiento cotidiano. En cómo no cuidarla pudiera adentrarnos en una pesadilla de la que se podría no despertar.
Lejos estoy de ser un experto en la materia, pero tengo la capacidad de ver lo que está pasando en el mundo que nos rodea, las mentes se sobrecargan y se quiebran a cada segundo. Algunos no contamos con las herramientas psicológicas para sobrellevar tan pesada carga y necesitamos que un profesional de la conducta nos ayude a encontrar dichas formas de autocuidado mental.
Es el momento de parar con la apología a la tristeza y con la creación de altares donde se le rinde pleitesía.
La Biblia, en su sorprendente sabiduría señala cómo Jehová es un intermediario que te libera de la tristeza:
《¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío.
(Salmo 43:5)》

Sea en manos de facultativos y expertos en el área de la salud mental o valiéndose de la omnipotencia divina del Señor de las Alturas, debemos encontrar la forma de escapar de las angustias que deliberadamente se manifiestan en nuestras vidas. Aclarar nuestros pensamientos, drenar el estrés y de forma sana y comprensiva pedir ayuda a esa persona que está a tu lado preocupada por ti, porque está dispuesta a brindar esa mano amiga que necesitas.
Consulta las líneas de ayuda mental en tu localidad y no ignores las señales de la depresión, porque intervenir a tiempo pudiera salvarte la vida.
