La Deconstrucción de la Empatía

Por Rafael Henríquez.

Los griegos, en su inagotable heredad fonológica, brindaron a la humanidad un término que sin dudas ha servido como ancla emocional para el buen desarrollo de los pueblos. Esta palabra, con una simpleza etimológica tan sutil, arrastra una poderosa fuerza vital capaz de poner de igual a igual a reyes y lacayos, amos y sirvientes, negros y blancos, princesas y poetas, patrones y proletariado. Sin ese sentimiento de compenetración, poner en duda la permanencia de la sociedad no es descabellado.

ἐμπαθής (empathés) «el que siente por dentro».

La empatía es sentir desde dentro, sentir lo que otros sienten por dentro, es compartir un sentimiento, es sufrir y reír con el prójimo sin miedos, sin ataduras, sin velos en el rostro, sin ego. Es llorar de felicidad o tristeza, no porque te haya pasado nada individualmente, es por la profunda razón de sentirse reflejado en el espejo de un corazón roto o de un beso furtivo de dos enamorados esperando el autobús con ruta a donde solo ellos existan.

La empatía es el empujón que te lleva a sostener en los hombros a aquel que ya no tiene la esperanza para seguir. Es la ilusión que, ténue, se enciende en tus ojos para que puedas ver cuando esa persona que llevas de brazo solo percibe oscuridad. Significa brindar un vaso de agua en el instante en que te das cuenta que la sed ahoga las ganas de reir. Ser empático es el motor que mueve el corazón de una pareja cuando se dan cuenta que el desbordado amor que sienten el uno por el otro no es suficiente para mantener solventada esa unión.

Sí, la empatía puede ser más fuerte que el amor y que la solidaridad, porque reúne ambos sentimientos en su esencia.

Pero, ¿qué pasa cuando la empatía se distorsiona, se quiebra? ¿Qué pasa cuando la empatía se asocia con el mal? ¿Qué significa cuando entendemos que también las perversidades merecen empatía?
Entonces vence el desamor, la destrucción, la separación.

Cuando la empatía se quiebra, lo vil llega a su clímax y el sentido de lo que nos hace humanos se desvanece. En el mismo instante en que la empatía se distorsiona es cuando le buscamos justificación a seis desalmados que abusan de una dama indefensa, inconsciente, narcotizada y sometida al terror.

¿Cuándo despertamos con la certeza de que el juez que encontró razón en otorgarle la adopción de un infante a un ex convicto por agresión sexual contra menores, dictó su decisión como un acto de empatía?

La empatía no es un “costructo social” que debemos modificar o desintegrar, tampoco es una ideología política que podemos adoctrinar en las aulas.

La empatía abarca mucho más que la raíz semiótica derivada de los antiguos griegos. Es un sentimiento que por impulso nos permite abrazar en nuestro interior la bondad que guardamos, para así reflejarla y reflejarnos en todo lo que nos rodea.

Si seguimos propagando la distorsionada conducta de aplaudir las perversidades que se manifiestan, entonces iremos navegando por turbios mares donde el significado de la palabra se desviará por completo, entrando en aguas que nos alejan de nuestra humanidad, mientras auspiciamos la deconstrucción de la empatía.

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