Por Rafael Henríquez.
El tiempo no toca tu belleza que danza con donaire al besar con tus ojos el alma.
Detiene su paso al verte endulzar el café y mezclar tu sonrisa con caricias de calma.
Te adoro por ser más allá de evidente, visible.
Me abrasa el ardor de un añejo ron que brota de tu pecho, inmarcesible.

El viento alborota tu hermosura que baila con gracia al atar en mis labios tus lazos.
Se asombra al sentir que los años pasan.
Y romper el adoquín continúa siendo el hobby de tus pasos.
El reloj marca una arruga por segundo que en tu piel se refleja inconfundible.
Pero los minutos sorprendidos se preguntan. ¿Por qué el fuego en tu mirar se mantiene inmarcesible?
